Economia

Barcelona y Nueva York unen fuerzas para que vivir en una gran ciudad no se convierta en un lujo inalcanzable

El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, se reunió este viernes en Nueva York con Zohran Mamdani, su homólogo en la ciudad estadounidense, en el marco de la cumbre Urban20 que reúne a líderes metropolitanos de todo el mundo. El encuentro no fue un intercambio de cortesías protocolarias: de él salieron compromisos concretos para que dos de las ciudades más caras del planeta compartan fórmulas que permitan a sus vecinos pagar el alquiler, llenar la nevera y, en definitiva, seguir viviendo donde siempre han vivido.

El derecho a quedarse, en el centro del debate

La presión sobre los precios de la vivienda y el encarecimiento del coste de vida en las grandes urbes es un fenómeno global que afecta igual a un trabajador de Brooklyn que a una familia de Nou Barris o de Sants. Collboni y Mamdani coincidieron en que las administraciones locales tienen la responsabilidad —y la capacidad— de actuar donde los mercados fallan. El concepto que vertebró la reunión fue el ‘derecho a quedarse’: la idea de que un vecino no debería verse expulsado de su barrio por no poder asumir los precios que impone la especulación inmobiliaria o la turistificación.

En palabras del propio Collboni, ambos alcaldes comparten la convicción de que, en un momento en que el multilateralismo se ve cuestionado desde distintos gobiernos nacionales, es más importante que nunca que las ciudades del mundo tengamos contacto, intercambiemos información y activemos todas las redes internacionales a nuestro alcance. Un mensaje que va más allá de la diplomacia local y apunta a una estrategia política deliberada: mientras los estados se repliegan, las ciudades avanzan.

Una red de comercios asequibles, el próximo paso de Barcelona

Uno de los anuncios más concretos de la jornada tiene consecuencias directas para los barceloneses: el Ayuntamiento pondrá en marcha el año que viene una red de comercios asequibles en locales de planta baja de titularidad municipal. La idea es sencilla en su planteamiento, aunque compleja en su ejecución: ocupar espacios vacíos que pertenecen al Consistorio para ofrecer productos de alimentación frescos y de calidad a precios razonables en zonas donde ese tipo de oferta escasea o ha desaparecido.

El proyecto no pretende competir con la frutería o la pescadería del barrio, sino actuar como red de seguridad allí donde el comercio privado no llega. La gestión recaerá en entidades sin ánimo de lucro o del tercer sector. El primer ensayo se desarrollará en el barrio de la Marina, integrado en el Plan de Barrios, y combinará venta de alimentos con formación profesional en oficios como la carnicería, la frutería, la charcutería o la atención al público. Una apuesta que, de funcionar, podría replicarse en otros puntos de la ciudad con déficit de comercio de proximidad, algo que conecta directamente con el esfuerzo más amplio de la ciudad por salvar el comercio de barrio frente a la presión digital y los nuevos hábitos de consumo.

Collboni reconoció que Barcelona cuenta con una ventaja estructural respecto a Nueva York: mercados municipales en casi todos los barrios. Pero admitió que existen zonas de nueva creación o barrios especialmente vulnerables donde la distribución de productos básicos presenta carencias reales.

La regulación del alquiler y el fin de los pisos turísticos, exportados a Nueva York

En materia de vivienda, Barcelona lleva ventaja en la implementación de políticas públicas que Nueva York observa con interés. El alcalde compartió con Mamdani los resultados de la regulación de precios del alquiler aplicada en la ciudad y, sobre todo, la hoja de ruta para eliminar las licencias de apartamentos turísticos en 2028. Una medida que ha generado debate interno pero que, desde la perspectiva de otras metrópolis, representa un modelo de referencia sobre cómo recuperar vivienda residencial en un mercado tensionado.

La iniciativa de retirar progresivamente los pisos turísticos del mercado es, junto con la contención de rentas, una de las apuestas más ambiciosas del consistorio barcelonés para garantizar que las clases trabajadoras y las familias de renta media puedan seguir residiendo en el centro y en los barrios más demandados. Iniciativas de regeneración urbana como las que se impulsan en distintos puntos de la ciudad, similares en filosofía a la transformación de barrios como Pedralbes, buscan precisamente que la mejora del entorno no se traduzca automáticamente en expulsión de vecinos.

El clima, otra agenda compartida

La conversación entre los dos alcaldes no se limitó al coste de vida. Mamdani mostró un interés particular por el Plan Clima Escola, el programa con el que Barcelona está climatizando las escuelas públicas de primaria usando los ingresos de la tasa turística. El hecho de que el dinero que genera el turismo se reinvierta directamente en mejorar las condiciones de los centros educativos públicos —muchos de ellos en barrios que también sufren mayor exposición al calor— resulta un argumento poderoso en el debate sobre cómo financiar la adaptación climática sin incrementar la presión fiscal sobre los residentes. Un enfoque que encaja con el trabajo más amplio de la ciudad para multiplicar su red de infraestructuras verdes y mejorar la resiliencia urbana.

¿Qué cambia para el vecino de Barcelona?

A corto plazo, el impacto más tangible será la apertura del primer establecimiento de la red de comercio asequible en la Marina durante 2027. A medio plazo, la extinción de licencias turísticas en 2028 podría liberar miles de viviendas hacia el mercado residencial, con el consiguiente efecto moderador sobre los precios. Y en el horizonte más amplio, el hecho de que Barcelona se posicione como referente internacional en políticas de asequibilidad tiene un valor político que puede traducirse en respaldo institucional para mantener —e incluso ampliar— las herramientas regulatorias disponibles.

En paralelo, la ciudad sigue apostando por la vitalidad de sus barrios desde distintos frentes. Iniciativas como Tasta Nou Barris, que visibiliza la gastronomía local del distrito, apuntan en la misma dirección: fortalecer el tejido comercial y social de zonas que históricamente han quedado fuera del mapa de inversiones y atención pública.

Lo que está claro es que la conversación entre Barcelona y Nueva York no termina en el aeropuerto. Ambas ciudades han acordado mantener el intercambio de datos, experiencias y modelos de gestión. En un mundo donde las soluciones nacionales parecen cada vez más bloqueadas, son las metrópolis las que están ensayando las respuestas.