Desarrollo Urbano y Transporte

Barcelona da el primer paso hacia el Museo del Transporte Público con la constitución de su grupo impulsor

Un compromiso histórico que toma forma en la Vall d’Hebron

Barcelona lleva años debatiendo la necesidad de contar con un espacio dedicado a la historia y al futuro del transporte público. Esa demanda ciudadana acumula décadas de reclamaciones por parte de colectivos, trabajadores jubilados y asociaciones vinculadas al patrimonio de la movilidad urbana. Ahora, por fin, el proyecto sale del papel: este lunes se constituyó formalmente el grupo impulsor del Museu del Transport Públic, el órgano que durante los próximos meses tendrá la misión de definir qué será, cómo será y para quién será este futuro equipamiento cultural.

Para el barcelonés de a pie, la noticia tiene una lectura directa: la ciudad está a punto de dotarse de un museo dedicado a los autobuses, el metro y la historia de la movilidad colectiva que la ha vertebrado durante más de un siglo. Un espacio que no solo conservará vehículos históricos, sino que planteará reflexiones sobre cómo nos movemos, por qué el transporte público importa y qué papel ha jugado en la construcción de la Barcelona contemporánea.

imagen de @barcelona.cat

Quién manda y quién participa

La reunión inaugural estuvo presidida por Laia Bonet, primera teniente de alcaldía responsable de Urbanismo, Movilidad, Acción Climática y Plan de Barrios, quien también preside TMB, la empresa municipal de transportes. Su presencia al frente del grupo no es casual: envía una señal clara de que el proyecto tiene respaldo político de primer nivel y no quedará reducido a un comité técnico sin capacidad de decisión.

El acuerdo para crear este órgano se cerró a finales de agosto en una reunión convocada por el alcalde Jaume Collboni, lo que sitúa la iniciativa en la agenda política más alta del consistorio. En palabras de Bonet, se trata de una oportunidad histórica para hacer realidad una demanda social de los últimos años, y el Ayuntamiento se muestra, según la teniente de alcaldía, plenamente comprometido con sacarla adelante.

El grupo está compuesto por alrededor de una decena de personas y organizaciones. Participan la arquitecta jefe y el ingeniero jefe del Ayuntamiento, el consejero delegado de TMB, los máximos responsables del Col·legi de Camins, Canals i Ports y del Col·legi d’Enginyers Industrials, representantes del Museu d’Història de Barcelona, de la Direcció General de Patrimoni Cultural de la Generalitat, del Área Metropolitana de Barcelona, así como de la Associació Coordinadora Pro Museu del Transport y de la PTP (Promoció del Transport Públic). También se ha dado voz a algo que no suele verse en estos procesos: los colectivos de trabajadores jubilados del bus y del metro, quienes atesoran una memoria viva e insustituible de lo que ha sido moverse por esta ciudad.

La Vall d’Hebron, escenario de una transformación mayor

El emplazamiento elegido para la sede principal del museo es la llamada llosa de la Vall d’Hebron, una gran plataforma ubicada en el distrito de Horta-Guinardó que en los próximos años será objeto de una transformación urbanística de calado. La zona tiene la ventaja de estar bien comunicada tanto por metro como por autobús, lo que resulta coherente para un equipamiento que precisamente reivindica el transporte colectivo como herramienta de cohesión social.

La elección no es arbitraria. La Vall d’Hebron acoge ya algunos equipamientos deportivos heredados de los Juegos Olímpicos de 1992 y su reconversión es una asignatura pendiente para el consistorio. Integrar el futuro museo en ese proceso de regeneración urbana permite matar dos pájaros de un tiro: dotar al barrio de un nuevo atractivo cultural y dar al proyecto museístico un enclave con identidad propia.

El modelo que se baraja no se limita a un único edificio. Al igual que ocurre en ciudades como Londres, con su célebre London Transport Museum, se prevé un segundo espacio expositivo que albergaría la mayor parte de los vehículos históricos, abierto en fechas señaladas, jornadas especiales o bajo reserva previa. Esta fórmula permite preservar una flota extensa sin los costes de un edificio abierto al público de forma permanente, y genera además momentos de visita especiales que pueden convertirse en eventos con tirón propio.

Más que un almacén de tranvías viejos

Uno de los riesgos habituales en museos de este tipo es quedarse en la nostalgia, en una acumulación de vehículos sin hilo conductor. El discurso del grupo impulsor apunta en otra dirección: el museo deberá abordar el transporte público tanto en el ámbito patrimonial como también como herramienta de cohesión social, en palabras de Bonet. Eso significa que, además de conservar un tranvía de principios del siglo XX o un autobús de los años cincuenta, el equipamiento tendrá que explicar cómo el acceso al metro o al bus ha cambiado la vida de los barrios más alejados del centro, cómo la red de transporte público ha crecido en paralelo a la ciudad y qué papel puede jugar en la transición hacia una movilidad más sostenible y menos dependiente del vehículo privado.

En ese sentido, el proyecto conecta con debates muy actuales sobre la ciudad: la presión sobre el espacio público, la reducción de emisiones o la mejora de la accesibilidad en los barrios de montaña, una cuestión en la que el Ayuntamiento ya trabaja con medidas concretas. De hecho, el alcalde Collboni ha supervisado recientemente la instalación de rampas mecánicas en Montbau, un ejemplo de cómo la movilidad sigue siendo una prioridad en los barrios más alejados del llano.

Próximos pasos: reflexión antes que obras

El grupo impulsor no tiene por misión construir el museo, sino pensar qué debe ser. Esta fase de reflexión compartida es fundamental para evitar que el proyecto acabe siendo un equipamiento diseñado desde los despachos sin tener en cuenta a quienes lo van a usar o a quienes tienen algo que aportar desde el conocimiento y la experiencia. La participación de asociaciones ciudadanas y de antiguos trabajadores del transporte en ese proceso es, en este sentido, una garantía de que el resultado final estará anclado en la realidad de la ciudad.

La transformación urbanística de la Vall d’Hebron es un proceso que se desarrollará a lo largo de varios años, lo que da margen para diseñar el proyecto con calma y ambición. Barcelona tiene ya una sólida tradición de museos que van más allá de la mera exhibición, como el MUHBA o el Museu Marítim, y el de Transporte Público podría sumarse a esa lista si el proceso de definición se hace bien. La ciudad ha apostado en los últimos años por grandes equipamientos culturales que también actúan como motores de regeneración de sus entornos, tal y como ha demostrado la transformación de zonas como el Poblenou o el propio Distrito 22@.

El movimiento vecinal y las asociaciones especializadas llevan años reclamando este museo. Ahora tienen un asiento en la mesa. Lo que salga de esas conversaciones marcará no solo cómo se cuenta la historia del transporte en Barcelona, sino también qué tipo de ciudad quiere ser en las próximas décadas. La movilidad sostenible y el patrimonio colectivo rara vez van de la mano en un mismo proyecto; este puede ser la excepción.

Para quienes quieran seguir de cerca la evolución del entorno urbano barcelonés, también resulta relevante ver cómo otros proyectos de infraestructura están transformando la ciudad: el Pont de Marina afronta su mayor rehabilitación en casi un siglo, mientras que la calle Balmes estrena aceras más amplias y nuevo arbolado tras una profunda reforma. Cada una de estas intervenciones forma parte de una ciudad que no deja de reinventarse, y el Museu del Transport Públic aspira a ser el lugar donde esa historia quede contada para las generaciones venideras.